Mi República Dominicana....no es mia, ni siquiera soy dominicana. Aunque yo siento que hay una pequeña parte de mi que esta allí, porque esa isla tiene algo especial, que cuando conoces de verdad (sin pulserita del todoinculido) te embriaga, si te dejas embriagar. La he podido visitar dos veces y seguramente volveré unas cuantas más, porque si sabes convertirte en dominicano cuando estas allí, puedes vivir experiencias que seria imposible vivir en Europa. Yo conozco un pueblecito llamado Padre las Casas, en honor a un cura católico que les ayudó en su momento. Padre las Casas pertenece a la provincia de Azua, situada en el interior de la isla. Es un pueblo de gente trabajadora, honrada, alegre y llena de valores que se perdieron aquí, con la globalización. No creo que sea capaz de contar con palabras todo lo que sentí durante mi estancia, solo se que tuve la sensación de vivir entre familia, pues así me hicieron sentir sus gentes, solo cambiaba mi acento y mi color de piel; cada día fue diferente y apasionante, cada día te levantabas y empezaba un día lleno de aventuras y de conocimientos. Durante el mes que estuve compartiendo mi vida con sus gentes, me pasó de todo, bueno y malo; pero la mirada general de mi experiencia es positiva y con eso me quedo. Allí aprendí que no me hace falta tener grandes riquezas materiales, pues llevé bien poco y tuve muy poco lujo, no entraré en detalles, porque no creo que sea necesario hablar de lo material. Pero si vi que hay otras cosas diferentes, que hay gente con unos valores diferentes, se que todavía hay gente que ayuda al prójimo solo por ayudar, se que hay gente que se para contigo, si tu te paras; la solidaridad basada en la comunidad local, todavía existe allí y eso les hace ser una gente diferente, auténtica y solidaria. Tampoco quiero idealizar, pues hay de todo en todas partes, pero ellos tienen algo, que nosotros perdimos hace décadas!. La vida allí transcurría entre bachatas, merengue ripeao, vivencias nuevas y apasionantes, poca comida, pocas comodidades, muchos valores buenos y desconocidos por los que fuimos, mil picadas de mosquitos que perturbaban el sueño constantemente; pero aprendi mucho en ese viaje y sobretodo aprendí que no hay que llorar lágrimas, mientras otros lloran sangre. Aprendí aún más sobre lo injusto que es nuestro mundo, sobre lo justas que son muchas personas que no tendrian porque serlo, aprendí y me conocí y me formé un poquito más como persona, pero sobretodo aprendí que adoro aún más si cabe REpública Dominicana y Latinoamérica. Parte de mi corazón aún sigue allí.